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HISTORIA DEL JABÓN

Cápsula 401 del 10 de Abril del 2010

Investigación y Guión: Conti González Báez




Los orígenes de la higiene personal se remontan a tiempos prehistóricos. Como el agua es esencial para la vida, las primeras personas vivían cerca de ella y conocían sus propiedades limpiadoras.

Durante la excavación de la antigua Babilonia, fue encontrado un material parecido al jabón en unos cilindros de barro. Esto demuestra que se fabricaba desde el año 2800 a.C.

Las inscripciones en dichos cilindros dicen que se hervían grasas con cenizas para hacer jabón, aunque no mencionan el uso que se le daba. Tales materiales fueron usados más tarde como acondicionadores en la elaboración de peinados.

Los antiguos egipcios se bañaban con regularidad. El Papiro Ebers es un documento médico de aproximadamente 1500 a.C., en el que se describe la combinación de aceites animales y vegetales con sales alcalinas para formar un material jabonoso, usado para lavarse y tratar enfermedades de la piel.

Por la misma época, Moisés dio a los israelitas leyes detalladas sobre la limpieza personal, relacionando ésta con la salud y la purificación religiosa. Los relatos bíblicos sugieren que mezclando cenizas y aceite producían un tipo de gel capilar.

Los primeros griegos se bañaban por razones estéticas y aparentemente no usaban jabón. Limpiaban sus cuerpos con trozos de barro, arena, piedra pómez y cenizas; después, se untaban con aceite; finalmente, retiraban éste junto con la mugre con un instrumento metálico especial. También usaban aceite con cenizas y lavaban la ropa sin jabón en los arroyos.

Según una leyenda romana, el jabón se originó en el Monte Sapo, donde eran sacrificados animales. La lluvia arrastraba una mezcla de grasa animal derretida o sebo y cenizas de madera hasta las orillas del río Tíber. Las mujeres encontraron que el barro con esa mezcla hacía que su lavado fuera más fácil.

A los antiguos germanos y galos también se les atribuye haber descubierto una sustancia llamada jabón, hecha de sebo y cenizas, que usaban para pintarse el pelo de rojo.

Conforme avanzó la civilización romana, se extendió la costumbre de bañarse. El primero de los famosos baños romanos, surtido con agua de sus acueductos, fue construido cerca de 312 a.C.

Los baños eran lujosos y bañarse una actividad popular. Durante el siglo II a.C., el médico griego Galeno recomendó el jabón para propósitos medicinales y de limpieza.

Después de la caída del Imperio Romano, declinaron los hábitos de limpieza y gran parte de Europa resintió el impacto de la suciedad en la salud pública.

La falta de higiene personal y las condiciones insalubres de vida contribuyeron enormemente a las grandes plagas medievales, como la Peste Negra del siglo XIV.

Sin embargo, había lugares del mundo donde la limpieza personal seguía siendo importante. El baño diario era una costumbre común en Japón durante la Edad Media.

En Islandia, las piscinas calentadas con agua de manantiales hirvientes eran populares lugares de reunión en las noches de sábado.

A partir del siglo XVII, la limpieza y el baño empezaron a ponerse otra vez de moda en Europa. La manufactura del jabón se convirtió en un oficio establecido y los gremios de jaboneros guardaban celosamente los secretos de su negocio.

Aceites vegetales y animales eran mezclados con cenizas de plantas, junto con fragancias. Poco a poco estuvieron disponibles más variedades de jabón: para rasurarse, para el baño corporal, para usarse como shampoo y para la lavandería.

Italia, España y Francia fueron los primeros centros de fabricación de jabón, debido a la disponibilidad de algunas materias primas como el aceite de oliva.

Los ingleses empezaron a fabricarlo durante el siglo XII. El negocio era tan exitoso, que en 1622 el Rey Jacobo I otorgó la concesión de un monopolio a un fabricante de jabón, a cambio de 100,000 libras esterlinas anuales, una fortuna en esa época.

La fabricación comercial de jabón en las colonias americanas empezó en ese mismo siglo, con la llegada de varios fabricantes ingleses.

Sin embargo, durante muchos años su manufactura fue una tarea del hogar. Eventualmente, los fabricantes empezaron a recolectar desperdicios de grasa de las casas, a cambio de jabón.

Se dio un gran paso en la fabricación comercial de jabón a gran escala en 1791, cuando el químico francés Nicholas Leblanc patentó un proceso para hacer ceniza de sosa o carbonato de sodio, a partir de sal común.

El alcaloide obtenido de las cenizas se combinaba con grasa para formar jabón. El proceso de Leblanc producía cantidades de carbonato de sodio de buena calidad, a un costo ínfimo.

La fabricación moderna de jabón nació veinte años después, cuando otro químico francés, Michel Chevreul, descubrió la naturaleza química de las grasas, glicerina y ácidos grasos. Sus estudios establecieron las bases para la química del jabón.

A mediados del siglo XIX, el químico belga Ernest Solvay inventó el proceso del amoníaco, que también usaba sal de mesa o cloruro de sodio para hacer carbonato de sodio. Su tecnología redujo aún más los costos de producción de jabón e incrementó la calidad y cantidad de los ingredientes.

En ese siglo el jabón pagaba impuestos de lujo en muchos países. Al ser eliminados, el producto estuvo al alcance de la gente común y los estándares de limpieza mejoraron.

Los descubrimientos científicos, junto con el desarrollo de energía para operar las fábricas, hicieron de su manufactura una de las principales industrias estadounidenses a partir de 1850.

La amplia disponibilidad del jabón lo cambió de ser un artículo de lujo a una necesidad diaria. Al generalizarse su uso, surgieron variedades más suaves para el baño y otras para usarse en las primeras lavadoras de ropa, que aparecieron al iniciar el siglo XX.

La química de la fabricación del jabón permaneció esencialmente igual hasta 1916, cuando fue desarrollado el primer detergente sintético en Alemania, en respuesta a la escasez de grasas provocada por la Primera Guerra Mundial.

Los detergentes sintéticos son productos no jabonosos para lavar y limpiar, que son sintetizados o juntados químicamente a partir de una variedad de materias primas.

Su descubrimiento también se debió a la necesidad de un agente de limpieza que, a diferencia del jabón, no se combinara con las sales minerales del agua formando una sustancia insoluble, conocida como “cuajada de jabón”.

La producción de detergentes empezó en los Estados Unidos a partir de los años 30, pero realmente despegó después de la Segunda Guerra Mundial.

De nueva cuenta, la interrupción del suministro de grasa y aceite durante el conflicto bélico estimuló la investigación sobre los detergentes. Los primeros eran usados principalmente para el lavado manual de platos y ropa fina.

El momento culminante en el desarrollo de detergentes para todo uso se dio en 1946, cuando se introdujo en Estados Unidos el primer detergente estructurado.

Contenía una combinación de espumante y compuestos de fosfatos que mejoraban enormemente su desempeño para desmanchar y lavar ropa muy sucia.

En 1953, las ventas de detergentes superaron a las del jabón. A partir de entonces, sustituyeron a los productos jabonosos en el lavado de ropa, platos y limpieza del hogar. Los detergentes también se encuentran, solos o combinados con jabón, en muchas de las barras y líquidos para la higiene personal.

Durante la segunda mitad del siglo XX, continuó el desarrollo de productos de limpieza eficientes y fáciles de usar. En este siglo se busca que, además de ser seguros para los consumidores, sean amistosos con el medio ambiente.

Algunas innovaciones han sido los polvos para lavadoras automáticas, los suavizantes de ropa, los detergentes con blanqueador, los desmanchadores, los polvos con enzimas, los jabones líquidos para manos, los productos combinados de detergente y suavizante, los líquidos lavavajillas, los detergentes concentrados y los geles para el lavado de platos, entre otras.




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