HISTORIA DEL BOLIGRAFO
Cápsula 192 del 25 de Marzo de 2006
Investigación y Guión: Conti González Báez
Las primeras escrituras duraderas se realizaban sobre papiro, con una caña afilada y sumergida en tinta. A medida que se fue reduciendo el tamaño de la escritura, fueron evolucionando las superficies para escribir y los utensilios correspondientes.
Cuando los rollos de papiro fueron sustituidos por los libros en vitela o pergamino, una piel de res adobada y muy pulida, la caña fue desplazada por la pluma de ave o cálamo.
Introducido alrededor del Siglo VI, fue el instrumento de escritura que dominó durante el mayor período en la historia, casi 1,300 años. El cálamo se obtenía de la parte exterior del ala de aves vivas. Las plumas preferidas eran las del ala izquierda, porque se curvaban hacia afuera al ser usadas por un escribiente diestro.
Las plumas de ganso eran las más comunes, mientras que las de pato y cisne eran de mayor calidad, pero más escasas y, por lo tanto, más caras. Para hacer líneas finas, las plumas de cuervo eran las mejores; más tarde se utilizaron las de águila, búho, halcón y pavo.
Para fabricar un cálamo, primero había que endurecer la pluma de ave mediante calor o disecación. El cálamo endurecido se cortaba entonces oblicuamente con un cuchillo especial, el cortaplumas. El escritor se veía obligado a cortar el cálamo frecuentemente a fin de mantener la punta biselada y las plumas duraban tan sólo una semana antes de que tuvieran que ser reemplazadas.
Además del tiempo dedicado a su preparación y mantenimiento, otra desventaja era que la tinta utilizada tardaba mucho en secar, por lo que debajo del escritorio había una estufa de carbón para secarla lo más rápido posible.
Los artículos escritos a mano se parecían a las letras impresas, hasta que los eruditos comenzaron a cambiar la forma de escritura, usando letras mayúsculas y minúsculas, escribiendo con más inclinación y conectando las letras. Gradualmente, la escritura se adaptó mejor a la velocidad que permitían los nuevos instrumentos de escritura.
La escritura italiana o cursiva manuscrita, con sus letras romanas mayúsculas y minúsculas, fue inventada por Aldus Manutius de Venecia, quien se apartó de las viejos modelos en 1495. Para finales del Siglo XVI, las antiguas letras romanas y griegas se trasformaron en las letras del alfabeto que conocemos hoy, tanto mayúsculas como minúsculas.
A partir del Siglo XVIII, el papel sustituyó a la vitela o pergamino como principal superficie de escritura y ya se producían más escritos comerciales, religiosos, oficiales y literarios.
Fueron múltiples los intentos para conseguir una herramienta definitiva de escritura que no exigiera estar afilándola. Se intentó con cuernos, caparazones de tortuga y piedras preciosas, hasta que al fin se utilizó el metal para fabricar puntas de pluma.
La primera pluma patentada de acero la construyó el ingeniero inglés Bryan Donkin en 1803 y la pluma de cálamo cayó rápidamente en desuso a lo largo del Siglo XIX.
En 1851, un periodista escribió en la revista Scientific American: "Lo que todo el mundo quiere es un sustituto del lápiz y de la pluma. Parece que un solo instrumento puede hacer esta función".
Desde que la revolución industrial permitió la fabricación en masa de plumas de metal, se buscó la manera de incorporarles su propio depósito de tinta, para no depender constantemente del tintero. Todos los intentos dieron como resultado instrumentos con un flujo irregular de tinta, que de pronto dejaban de escribir o soltaban demasiada tinta, con los consiguientes borrones y salpicaduras.
En 1883, el estadounidense Lewis Edson Waterman, un agente de seguros de Nueva York, patentó la primera pluma estilográfica con depósito de tinta. Su mecanismo equilibraba la presión dentro y fuera del depósito mediante unas fisuras en el canal alimentador, por las que el aire ascendía hasta el interior mientras la tinta salía de manera uniforme y controlada al escribir. Nació así la primera pluma fuente.
Ya en el Siglo XIX se habían realizado algunos intentos de fabricación de una pluma que tuviera un rodamiento en su punta, como el producto para marcar el cuero patentado por el estadounidense John Loud en 1888. Aunque se dice que Galileo ya había diseñado algo muy similar en su época, el invento de Loud es considerado el primer bolígrafo.
Sin embargo, dicha patente nunca fue explotada comercialmente, fue olvidada y la pluma fuente se convirtió en el instrumento de escritura predominante en Occidente durante los siguientes 60 años.
Cuatro fabricantes: Parker, Sheaffer, Waterman y Wahl-Eversharp, dominaron el mercado en Estados Unidos y Pelikan hizo lo mismo en Europa hasta 1938, cuando el inventor húngaro Laszlo Biro inventó un bolígrafo que tuvo éxito a nivel mundial.
Laszlo Jozsef Biro nació en Budapest el 29 de septiembre de 1899, en el seno de una familia de clase media conformada por su padre Matías, su madre Joanna Ullmann y su hermano György, dos años mayor.
El médico que lo trajo al mundo dijo que sus posibilidades de vida eran pocas dado su escaso peso, de poco más de un Kilogramo, pero su madre se dispuso a darle batalla a la adversidad. Lo puso bajo una lámpara, pensando que el calor podría completar artificialmente su desarrollo. No sólo resultó eficaz, sino que anticipó la aparición de la incubadora. Más adelante, la mujer enseñó a su hijo a inventar soluciones para resolver cualquier problema.
Después de terminar sus estudios de primaria y secundaria, con tan sólo 16 años de edad, Laszlo participó como soldado en la I Guerra Mundial. Luego estudió el primer año de la carrera de Medicina, pero tuvo que interrumpirla debido a un accidente.
Poco después, fue el primero en ocuparse de todo lo relacionado con el hipnotismo en Hungría. Dictó varias conferencias y empezó a ser muy solicitado por los médicos para que colaborara con ellos, utilizando las técnicas hipnóticas para lograr efectos analgésicos.
En esa época ganaba tanto dinero con el hipnotismo, que hasta tenía un coche con caballos para transportarse. Con tal éxito perdió todo interés por la carrera de Medicina y decidió abandonar sus estudios formales.
A partir de entonces, además del hipnotismo médico, se ocupó de la grafología y más adelante fue agente aduanal de una compañía petrolera, corredor de automóviles, agente de bolsa e inventor.
Su primer invento fue una lapicera fuente, que debía llenarse con agua para cubrir una composición sólida de anilinas, que se iban disolviendo poco a poco.
En 1930 contrajo matrimonio con Elsa Schick y ese mismo año inventó para ella una máquina para lavar ropa, que pudo ser fabricada en serie y por la que recibió las regalías correspondientes.
A los 33 años, Laszlo Biro inventó una caja automática para automóviles, totalmente mecánica. Fue invitado a Berlín por los representantes de la General Motors para realizar una demostración. Por los derechos de la patente, le ofrecieron un adelanto de 500 dólares y la misma cantidad mensualmente durante cinco años; después tendría una participación en la producción.
El pequeño detalle, no previsto por el inexperto inventor, fue que cuando firmaron el convenio, le confesaron que no tenían la intención de fabricar la caja automática mecánica porque ellos ya trabajaban con una caja hidráulica desde hacía ya muchos años y pensaban continuar con ella. Simplemente, habían comprado su invento para que no lo hiciera la competencia.
La idea del bolígrafo surgió en cuando el inventor se desempeñaba como periodista. Como no trabajaba continuamente, muchas veces la tinta de su pluma fuente se secaba y cuando debía realizar una entrevista, tenía que pedir prestada una porque la suya no funcionaba.
Un día en la imprenta vio la máquina rotativa imprimiendo diarios sin provocar manchas desagradables, con una tinta que se secaba una vez impresa en el papel. Entonces se preguntó si no se podría simplificar este enorme mecanismo y hacerlo más simple para escribir a mano.
De este razonamiento surgió el bolígrafo, que consistía en un cilindro lleno de tinta con una bolilla metálica en la punta, capaz de girar. Al bajar la tinta por acción de la gravedad, debía impregnar la esfera giratoria, fluir sobre el papel al escribir y secarse de inmediato. Inicialmente trató de usar la tinta del periódico, pero era tan espesa que no podía bajar a la punta de la pluma.
Laszlo tenía serias dificultades para encontrar una tinta adecuada y pidió ayuda a su hermano, quien era químico, para encontrar un fluido adecuado. György desarrolló una clase se tinta que no se secara en el tanque, pero que sí lo hiciera en el papel y Laszlo diseñó una nueva punta.
Cuando fueron a patentar su invento, en 1938, se dieron cuenta de que no era tan novedoso. Encontraron la patente registrada 50 años antes por John Loud, pero ya estaba vencida, así que registraron su invento y pasaron a la historia.
Tras haber patentado un modelo rudimentario del bolígrafo en su país, Hungría, así como en Francia y Suiza, Laszlo Biro se encontraba trabajando como reportero de un periódico húngaro en Yugoslavia.
Un día, en la recepción del hotel donde estaba hospedado, escribió una nota con su primitivo bolígrafo, que a veces funcionaba y otras no. A su lado se encontraba un hombre bajito con anteojos. Luego de enviar la nota a Hungría, cuando subió para ir a su habitación, lo llamó el conserje del hotel y le dijo que el señor que estaba a su lado era un ingeniero que lo había visto escribir con el instrumento y que deseaba conversar con él.
Biro aceptó platicar con el desconocido, que le preguntó quién era y a qué se dedicaba, a lo que él le respondió que era un periodista húngaro, que estaba trabajando eventualmente en Yugoslavia y que además era inventor. El misterioso hombre le comentó que había estado observando detenidamente el instrumento con el que escribió la nota y le propuso viajar a la Argentina para trabajar en la producción de su bolígrafo.
El inventor le respondió que sería difícil que le otorgaran la visa para residir en Argentina. El ingeniero le entregó una tarjeta personal y le aseguró que con ésta no iba a tener problemas para obtenerla en el consulado de Argentina en Yugoslavia o en Francia. Al observar la tarjeta, Biro leyó la siguiente inscripción: "Agustín P. Justo, Presidente".
Se despidieron y Biro guardó bien la tarjeta, por si algún día llegara a necesitarla. Luego de su estancia en Yugoslavia, se dirigió a Francia, ya que un amigo le había dado los datos de un financista también húngaro que se dedicaba a los negocios de importación y exportación. Así conoció a Johann Georg Meyne, con quien desarrolló una profunda amistad y decidió asociarse para la producción del bolígrafo.
En París trabajó como periodista y pintor, pero al estallar la II Guerra Mundial, gracias a algunos contactos importantes con el gobierno francés, éste solicitó sus servicios como inventor para trabajar en los laboratorios del servicio secreto de las fuerzas armadas. Se dedicó al desarrollo de productos químicos y realizó experimentos con un producto incendiario que posteriormente perfeccionaron los estadounidenses.
Cuando los nazis invadieron Francia, Biro, siendo judío, no dudó en viajar a Argentina y buscó la tarjeta del presidente Justo. Del país sólo sabía que estaba muy lejos, que había pampas, que en éstas trabajaban los gauchos y que se bailaba tango.
Laszlo Biro viajó junto a su esposa, su hija Mariana, su hermano György y su socio Meyne en un barco español llamado Sevilla. Luego de 21 días de viaje, llegó a Buenos Aires a mediados del mes de mayo de 1940. Al poco tiempo, adoptó la ciudadanía argentina.
Formó junto con Meyne y su hermano la Compañía Biro-Meyne-Biro y comenzó a realizar numerosos experimentos para perfeccionar su primitivo bolígrafo, lo cual le tomó seis años de intenso trabajo.
Fue necesario construir máquinas especiales para engarzar las esferas de acero en un dispositivo especial. En cuanto a la tinta, su hermano György, junto con otros colegas, trabajó en una composición que resultara más fluida y secara antes.
En 1942 logró conseguir el apoyo financiero de dos empresarios, pero un año después, como no se hacían grandes progresos, los inversionistas no quisieron financiar más su proyecto.
Biro llamó a los 31 empleados y les dijo que tendría que cerrar, a menos que algunos de ellos aceptaran trabajar sin goce de sueldo durante unas semanas más, hasta que pudiera pagarles retroactivamente, advirtiéndoles que no era algo seguro. Todos aceptaron seguir trabajando con el inventor y finalmente perfeccionaron el sistema de producción del bolígrafo.
Biro patentó su invento mejorado el 10 de junio de 1943 en Argentina, donde se le llamó birome, nombre compuesto de los apellidos de Biro y su socio Meyne. Más tarde, el término se convirtió en sustantivo.
En países como el Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda, los bolígrafos son conocidos como biros, mientras que en otros países como España y México, a los primeros modelos que empezaron a circular se les conocía popularmente como plumas atómicas.
El industrial catalán Amadeo Arboles registró en 1946 la marca Bolígrafo (compuesto por boli de bolilla y grafo de escritura) a nombre de su madre, Antonia. La marca todavía sigue vigente, pero la Real Academia Española ya ha incorporado la palabra bolígrafo como sustantivo para referirse a la estilográfica cuya punta termina en una esferita.
La recién formada Compañía Eterpen comercializó el birome o bolígrafo en Argentina con gran éxito y su inventor pudo pagar a sus fieles empleados. Posteriormente, licenció su invento a la Compañía Eversharp Faber de los Estados Unidos, en la entonces extraordinaria suma de dos millones de dólares.
El invento no sólo utilizaba una tinta casi indeleble que secaba rápidamente sin dejar manchas, sino que permitía escribir en diversas superficies. Además, la presión que había que aplicar para que fluyera la tinta era perfecta para hacer copias con papel carbón.
La prensa alabó el éxito de la nueva herramienta de escritura, que podía escribir durante un año sin tener que recargarse. El bolígrafo no tardó en desplazar a la pluma fuente como utensilio universal para escribir.
En plena guerra, el gobierno británico compró los derechos de la patente de Biro para el esfuerzo bélico. La Real Fuerza Aérea Británica necesitaba un nuevo tipo de pluma, que no goteara en los aviones de combate a grandes alturas, como lo hacía la pluma fuente. Poco después, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos hizo un pedido de 20,000 plumas.
El éxito de su desempeño militar en condiciones de presión para las que las estilográficas no estaban preparadas, hizo famosas a las plumas Biro. Sin embargo, como no estaban patentadas en los Estados Unidos, al terminar la II Guerra Mundial comenzó una dura batalla por su explotación comercial.
El estadounidense Milton Reynolds desarrolló su propio modelo, que por cierto escurría constantemente, y el austriaco Franz Seech inventó una tinta que se secaba al contacto con el aire, la cual fue comercializada con el nombre de Paper Mate.
Eversharp Faber demandó a Reynolds por copiar el diseño de Biro, pero no tuvo éxito. De cualquier manera, los dos fabricantes tuvieron problemas con sus ventas debido a diversas fallas en la producción de sus productos y, sobre todo, por los altos precios de los bolígrafos, que costaban hasta ¡100 dólares!, lo que los hacía prácticamente inaccesibles para la gente común.
La empresa formada por Biro y sus socios quebró por falta de financiamiento y porque sus arriesgados proyectos de nuevos inventos no tuvieron éxito comercial.
A partir de 1946, Laszlo Biro presidió varias sociedades y compañías, además de que logró hacer viajar a numerosas familias desde Hungría para que radicaran en Argentina.
En 1951, licenció su invento a Marcel Bich de Francia. Este último logró cumplir el anhelo de Biro de popularizar su invento, al desarrollar un bolígrafo de bajo costo. Más adelante hablaremos de este interesante personaje.
Por otro lado, Biro obtuvo un gran número de patentes para sus invenciones, como un termógrafo clínico, una cerradura inviolable, un dispositivo para imprimir sobre botellas, un proceso para mejorar la resistencia de varillas de acero, un desodorante a bolilla y un dispositivo para obtener energía de las olas del mar.
También recibió el reconocimiento de varias empresas de Estados Unidos por su valiosa labor en temas relacionados con la química de resinas fenólicas, la micromecánica y la separación de isótopos. Pese a reiteradas invitaciones para radicar en ese país, Biro permaneció fiel a su patria adoptiva.
Hasta el momento en que enfermó, a muy avanzada edad, seguía investigando con gran tesón todo lo relacionado con su último invento, lamentablemente inconcluso, "una nueva tecnología para el enriquecimiento del uranio".
Laszlo Jozsef Biro o Ladislao José Biro, como lo llamaban sus amigos argentinos, falleció el 24 de noviembre de 1985 en el Hospital Alemán de Buenos Aires, a los 86 años.
El 29 de septiembre, día de su nacimiento, se conmemora el Día del Inventor en Argentina.
El hombre que logró popularizar el uso del bolígrafo fue el Barón Marcel Bich, un aventurero italiano naturalizado francés, considerado uno de los visionarios más audaces de la segunda mitad del siglo pasado.
Marcel Bich nació en 1914 en Turín, Italia. Su madre, Marie Brigitte de Orlí, era una baronesa francesa, quien le heredó el título. Su padre, Mario Bich, era un ingeniero de minas a quien le atraía todo lo que fuera moderno. Era un auténtico hombre avant-garde, adorador de las máquinas, la tecnología y la velocidad. Inventor incansable e imaginativo, supo inculcar sus inquietudes a su único hijo.
Marcel tenía un refinado gusto aristocrático y un interés por todo lo tecnológico. Desde pequeño destacó en el arte de crear soluciones novedosas a los problemas que planteaba la vida cotidiana. Durante su adolescencia, era común verlo ocupando su tiempo en la construcción de artefactos que no le interesaban a nadie.
El joven Bich estudió en París y Madrid. No terminó sus estudios universitarios de Filosofía, ya que su espíritu creativo e innovador le impedía concentrarse en ellos.
De su mente infatigable surgieron increíbles de objetos que tenían algo en común: la necesidad de facilitarle la vida cotidiana a sus potenciales compradores. Por lo general eran livianos, ideales para quienes viajaban con equipajes pequeños y su característica principal era que se podían usar y tirar.
A los diecinueve años, Marcel ya se ganaba la vida vendiendo ropa íntima a domicilio. Poco después, en 1934, fue vendedor en una empresa de artículos de oficina. Cinco años más tarde, su empuje y decidido don de mando le permitieron llegar a ser el director de la empresa.
Sus aspiraciones no tenían límite y su gran espíritu de superación sólo se vio frenado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero una vez terminado el conflicto ya nada pudo detenerlo. Lo primero que hizo fue comprar una fábrica de artículos de oficina a un amigo de la infancia arruinado.
A fines de la década de los 40, ya soñaba con perfeccionar ese invento del que tanto había escuchado hablar: la birome de Laszlo Biro.
En 1951, le compró la patente a Biro y, basándose en su diseño, le imprimió al bolígrafo una mayor agilidad y soltura. Diseñó una punta redonda para regular el flujo, de tal forma que acabó de una vez por todas con los típicos manchones. Algo aparentemente tan nimio le valió su fama: escribir nunca fue tan fácil, rápido o divertido.
En 1953, salió de su fábrica el primer bolígrafo con la marca BIC, derivada de la pronunciación de su apellido, al que le quitó la “h” final. Con él escribió una palabra que ya no le abandonaría: "Éxito".
Lo más importante de su modelo, con punta de tungsteno y cuerpo hexagonal de poliestireno transparente, es que era desechable y, en consecuencia, más barato. La producción inicial de 1,000 unidades diarias aumentó en tres años a 250,000 por día.
Su creación se apoderó rápidamente del 70% del mercado europeo. En 1958 dio sus primeros pasos para conquistar el mercado mundial. Compró la compañía estadounidense de plumas Waterman, con lo que logró imponerse en toda América, Nueva Zelanda y África. Ningún lugar del mundo se resistía a esa maravilla que podía escribir hasta cinco Kilómetros de palabras.
Ante el creciente aumento de las ventas, Bich consiguió que el precio bajara aún más. De los 100 dólares que podía costar un bolígrafo en 1945, ya se podía hablar de un precio de 4 ó 5 dólares. Para 1960, los bolígrafos BIC ya costaban entre 29 y 69 centavos de dólar, dependiendo del modelo, y se impusieron como los preferidos en todo el mundo.
Al dominar BIC el mercado de los bolígrafos desechables, marcas como Parker y Sheaffer se dedicaron a capturar los nichos del mercado de plumas fuentes y bolígrafos recargables de mayor calidad y precio, compitiendo actualmente con otras firmas de lujo como Montblanc, Omas, Delta y Visconti.
Marcel Bich logró convertir a su marca BIC en una de las más populares del planeta. Años más tarde, el barón tuvo otras dos extraordinarias ideas comerciales: el encendedor de gas y el rastrillo de afeitar desechables, que también fueron todo un éxito.
Entre tantos aportes a la vida de todos los días, el ingenioso Barón Marcel Bich tuvo tiempo para el amor y la familia. Se casó tres veces y tuvo once hijos. Le gustaban el golf y las regatas.
Murió en 1994, a los 79 años de edad, dejando una fortuna cercana a los 600 millones de dólares, amasada gracias a su inventiva y visión comercial. Hoy en día, la marca que fundó hace poco más de medio siglo sigue siendo líder mundial y, además de otros artículos de oficina, vende quince millones de bolígrafos al día en todo el mundo.
Con cualquiera de ellos se puede escribir la mejor palabra que trazó el Barón Bich: Éxito.
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